Por Tomas V. Simon
Durante años me traté con desprecio. Con cierto desdén sin saber por qué. No sabía, no entendía que mi cerebro funcionaba distinto: solo sentía que no rendía como "debía" — en el colegio, en el trabajo, en las relaciones. Y lo recordaba con dureza.
Vengo de una familia colmada de neurodivergentes. El llamado Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) predomina. Mi madre, padre y mi hermano mayor tienen el diagnóstico. Mis tías, tíos y algunos primos tampoco escapan. Fui el último de mi ecosistema familiar en tener la certeza. Viví ingenuamente muchos años pensando que era una rareza genética dentro de mi familia: el único que se "salvó" del TDAH. Por supuesto que no.
Quizá alentado por el hecho de que la hiperactividad no se me notaba tanto. En cambio, mi hermano arrastraba problemas conductuales, control de impulsos e hiperactividad que desde siempre provocaron el desvío de toda la atención. Todo el ritalín iba para él.
En cambio, mi carácter sereno, mis altas calificaciones académicas y mi obediencia maquillaban espléndidamente el desorden propio de la estructura. Crecí así, desarrollando habilidades muy marcadas y evidentes en ciertas áreas del conocimiento y del deporte que siempre me entregaron cierto estatus dentro de mi pequeño y controlado entorno educativo. "Pasé piola" hasta llegar a la universidad, donde los desafíos ejecutivos aparecieron con una evidencia abrumante. Sin embargo, el diagnóstico no llegaba todavía. Tengo TDAH y altas capacidades intelectuales. Y durante años no lo supe.
Siempre pensé que mi memoria y mis sentimientos funcionaban de maneras misteriosas, extrañas. No era flojera ni falta de voluntad, aunque durante mucho tiempo así lo interpreté, más por lo que escuchaba que por cómo me sentía desde mi interior. Lo oculté muy bien desarrollando mis habilidades lingüísticas, discursivas; mi imaginación implacable; mi capacidad de encausar sentimientos mediante la poesía, la lectura, el cine, la música, la pintura y el ejercicio físico intenso. Todo fue bien por muchos años.
Aparecieron de pronto algunos "problemas". Me reconocía como sensible ante la injusticia y el dolor: me llené de ira, enojo, rabia y pena ante mi entendimiento de cómo funciona el mundo. Me adentré de forma implacable en el mundo del estudio sistemático de la historia, filosofía; del entendimiento de lo político. Seducido permanentemente por cierta erótica del pensamiento. Le llamé "descalabro". Aún me cuesta aceptar el mundo en el que vivimos. Creo moriré sin dar mi brazo a torcer. Nunca tomé medicinas hasta que viví una fuerte depresión. Siete pastillas diarias de un día a otro. Como si nada. Hasta ahí no había asumido en absoluto ninguna nomenclatura clínica que me ayudara a entender mi mundo interior. Y se -de manera absoluta, taxativa- que no estoy solo.
Esta es, en parte, mi historia. Pero también es la historia de muchas personas neurodivergentes que solo entienden lo que les pasa —y dejan de odiarse por ello— cuando por fin tiene un nombre.
El odio sin nombre
Cuando no existe una explicación para por qué cuesta sostener la atención, por qué se posterga todo hasta el último momento, por qué el cuerpo parece no querer quedarse quieto o necesitar ser fuertemente exigido para sentirse calmo; o por qué el mundo social a veces resulta abrumador incluso estando con la gente que uno ama, la explicación más a mano suele ser la más cruel: "algo está mal conmigo, debo estar loco...". Sin un marco que ordene la experiencia, las dificultades se convierten en evidencia de un defecto de carácter, no en la manifestación de una forma de funcionar distinta. De cierta axiomática neurobiológica que es mucho mejor conocer que ignorar.
Esto no es una percepción aislada ni exclusivamente mía, por supuesto. Y ahí la razón de este breve artículo. Una revisión sistemática publicada en 2026 analizó la experiencia de adultos que recibieron un diagnóstico de TDAH después de años —a veces décadas— sin saberlo. Un hallazgo se repite en distintos estudios incluidos en esa revisión: antes del diagnóstico, es común que las personas se describan a sí mismas con términos extremadamente duros, como "fracasadas" o "defectuosas", atribuyendo sus dificultades a fallas personales en lugar de reconocerlas como parte de una condición neurobiológica (McGill, Jardim-Lalor y O'Connor, 2026).
Lo que cambia cuando aparece el nombre
La misma revisión encontró algo esperanzador: recibir el diagnóstico —ponerle nombre a la experiencia— suele generar alivio, mayor autocompasión y una comprensión más clara de la propia historia de vida. El diagnóstico no borra las dificultades ni las resuelve por sí solo, pero sí cambia el relato, la narrativa que la persona construye sobre ellas: deja de ser una historia de fracasos personales para convertirse en la historia de un cerebro que funciona de manera distinta, con fortalezas y desafíos propios; enmarca una condición de posibilidad que va más allá del propio desorden (prefiero usar esa palabra en lugar de "trastorno"). Aún cuando ya es sabido que incluso en el más radical de los desordenes existe también un orden refinado por descubrir.
En mi caso, ese cambio fue real. Entender el orden semántico y clínico de lo que me pasaba —tener un marco, un lenguaje, una explicación con respaldo; una retórica explicativa— transformó la relación conmigo mismo. No porque el diagnóstico resolviera mis dificultades de un día para otro, sino porque dejé de interpretarlas como pruebas de que algo estaba mal en mí como ser interactuando con un mundo donde la estructura revelada ya no funciona bien.
No es un fallo de carácter: la base neurobiológica
Es importante decirlo con claridad: el TDAH no es una cuestión de voluntad ni de esfuerzo. La evidencia neurocientífica reciente describe el TDAH como el resultado de diferencias en redes cerebrales distribuidas —no en una sola región aislada—, que incluyen la corteza prefrontal y los sistemas de neurotransmisores dopamina y noradrenalina, involucrados en la regulación de la atención, la motivación, el control de impulsos; la modelación de emociones; la gestión del tiempo y la función ejecutiva (Nature Reviews Neuroscience, 2024).
Esto no significa que el TDAH determine completamente la vida de una persona, ni que todas las dificultades se expliquen solo por la neurobiología. Pero sí desplaza la pregunta desde "¿por qué no me esfuerzo lo suficiente?" hacia una más precisa y menos autopunitiva: "¿cómo funciona mi cerebro y qué necesita para desempeñarse bien?".
Lo mismo ocurre en autismo.
Este patrón no es exclusivo del TDAH, por supuesto. En autismo, la investigación muestra una relación directa entre cómo una persona integra su identidad autista después de un diagnóstico y su autoestima y bienestar psicológico. Un estudio con 151 adultos autistas encontró que sentir orgullo por la propia identidad autista predice mayor autoestima, mientras que sentir insatisfacción con esa identidad predice menor autoestima y peor bienestar (Corden, Brewer y Cage, 2021). En otras palabras: no basta con recibir el diagnóstico — importa también cómo se integra esa información a la propia historia y los apoyos que se deben buscar para afrontarlo.
El enmascaramiento: por qué el diagnóstico llega tarde
Una de las razones por las que muchas neurodivergencias —TDAH, autismo, y otras— se diagnostican tarde, o nunca, es el enmascaramiento (masking): el proceso de aprender, muchas veces sin darse cuenta, a ocultar los propios rasgos para parecer más "normal" ante los demás. Una revisión sistemática de 2023 sobre este fenómeno en autismo adulto muestra que ese esfuerzo sostenido de camuflaje tiene un costo emocional considerable, y que suele preceder por años a un diagnóstico certero (Benvegnù et al., 2023). El enmascaramiento explica, en parte, por qué tantas personas llegan a la adultez sin saber por qué han vivido agotadas, tratando de encajar en un molde que no les correspondía.
Cuando dos condiciones se esconden entre sí: la doble excepcionalidad
Mi historia tiene una capa adicional que suele pasar desapercibida: además del TDAH, tengo altas capacidades intelectuales. Esta combinación se conoce en la literatura como doble excepcionalidad, y no es una simple suma de dos condiciones independientes. La investigación reciente en este campo señala que los perfiles de doble excepcionalidad emergen de la interacción entre ambas dimensiones: el potencial cognitivo elevado puede compensar —y por lo tanto ocultar— las dificultades atencionales, mientras que las dificultades atencionales pueden, a su vez, oscurecer el potencial intelectual (Rizzo, 2025).
El resultado práctico es que estas condiciones suelen enmascararse mutuamente, retrasando años el diagnóstico correcto. Muchas personas doblemente excepcionales pasan la infancia y la adolescencia sin una explicación clara de por qué, al mismo tiempo, destacan en algunas áreas y sienten que fracasan en otras — y ese contraste, sin un marco que lo explique, suele leerse como inconsistencia de carácter ("no te esfuerzas", "podrías si quisieras") en lugar de como lo que realmente es.
Nombrar no es etiquetar: es comprender
Hay una preocupación legítima frente a los diagnósticos: el miedo a que una etiqueta limite a la persona, la reduzca o la encasille. Pero la evidencia y la experiencia —la mía y la de muchas otras personas neurodivergentes— apuntan en la dirección contraria. El problema no es tener un nombre para lo que nos pasa; el problema es no tenerlo, y llenar ese vacío con autocrítica y desprecio.
Nombrar una condición no es reducir a la persona a un diagnóstico. Es darle un marco de comprensión que le permite dejar de interpretar sus dificultades como fallas morales, y empezar a preguntarse qué apoyos, qué ajustes y qué comprensión necesita para vivir mejor con la forma particular en la que su cerebro funciona — sea TDAH, autismo, altas capacidades, o cualquier otra forma de neurodivergencia.
Escribo esto porque me hubiera gustado saberlo antes. Y porque me despido de mi rol en Neurocupa, luego de tres años colaborando dentro de esta comunidad. Me voy lleno de gratitud y entendimiento, esperando haber aportado a toda la comunidad con cariño, respeto, paciencia e infinita gratitud.
Si esta historia te hace sentido —si te reconoces en ella, o reconoces a alguien cercano—, en Neurocupa estamos para conversarlo y acompañar ese proceso.
"No es la enfermedad lo que incapacita al sujeto, sino la forma en que la sociedad responde a su sufrimiento".
Referencias
McGill, L., Jardim-Lalor, I., & O'Connor, C. (2026). A Systematic Review of Lived Experiences of Receiving a Diagnosis of ADHD in Adulthood. Journal of Attention Disorders.
Neurobiology of attention-deficit hyperactivity disorder: historical challenges and emerging frontiers. (2024). Nature Reviews Neuroscience.